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La realidad y los retos del sector
 
La auditoría de Cuentas es fundamental, tanto desde un punto de vista material como atendiendo a su naturaleza intangible, para que una economía sea eficiente y sostenible. Su aportación en términos medibles ha sido puesta de relieve en el documento “Fotografía del sector auditor en España. Estimación de su impacto económico (2006-2016)” publicado hace unas semanas por el Instituto de Censores Jurados de Cuentes de España. Destaca sobre todo en términos de generación de empleo, a través del mantenimiento de más 55.000 puestos de trabajo en 2015, último año del que se disponen datos. Según este estudio, el empleo directo ascendía a 16.924 personas, generando además otros 23.288 puestos de trabajo en actividades ejercidas por auditores y firmas de auditoría en otros servicios, como la consultoría, los peritajes o la administración concursal. Además, hay que sumar a los 15.536 auditores no ejercientes, la mayoría de los cuales desarrollan su labor como ejecutivos de empresas. Y es que la Auditoría ha sido desde sus orígenes una de las mejores escuelas de formación de directivos. También es el principal trampolín de salida de los estudiantes de carreras universitarias de carácter económico, caracterizándose por ser el área profesional que más puestos de trabajo crea anualmente en España -más de 2.000- para estos jóvenes.
 
El estudio también demuestra que, a pesar de la reducción en el número de trabajos realizados y de la facturación, en términos de empleo los despachos han evitado la pérdida sustancial de talento que ha tenido lugar en otros sectores, hasta el punto de que el número de empleados a cargo de auditores ya está en niveles similares a los años previos a la crisis. Hay un hecho, también demostrado empíricamente en el informe, que justifica la respuesta del sector ante los problemas económicos: las empresas que invierten más en auditorías son también las que más facturan, las que tienen una mayor capacidad para obtener financiación y las más rentables, todo ello independientemente del tamaño y del sector de actividad en que operan.
 
Siendo notable el efecto directo en la economía y en el empleo de los países desarrollados, la aportación más relevante de la auditoría es de carácter intangible. Hay varias teorías que demuestran esta aportación, como las de la toma de decisiones, de agencia, del interés público o del gobierno de la sociedad. Pero todas ellas presentan una limitación, al menos al aplicarse a la auditoría: el efecto es muy difícil de medir, es prácticamente imposible asignarle un valor en términos monetarios. Algo similar sucede con otros elementos fundamentales en la empresa moderna, como los sistemas de compliance, las memorias de sostenibilidad o las prácticas de buen gobierno, pero en estos casos hay un apoyo social y político que permite soslayar este problema. La razón principal por la que no se ha logrado generar un interés similar es la dificultad para explicar que es y que aporta la Auditoría. Desde este punto de vista, resultan muy interesantes los resultados del estudio “Nexus” elaborado por la International Federation of Accountants (IFAC), según los cuales cuanto mayor es el porcentaje de auditores y expertos en contabilidad y finanzas con relación a la población de los países, menor es el nivel de percepción de corrupción. El informe, que demuestra la transparencia que aporta su trabajo es un gran antídoto contra este problema, es el primer intento a nivel mundial de explicar este valor intangible de la Auditoría.
 
Junto a estos elementos tangibles e inmateriales que aporta la Auditoría, la realidad en la que se desenvuelven hoy sus profesionales está marcada por un elemento común a otros sectores supervisados: un inmenso cambio regulatorio cuya aplicación y efectos todavía no son del todo comprendidos. La aprobación de una nueva Directiva europea, de un nuevo Reglamento europeo para Entidades de Interés Público, de una nueva Ley de Auditoría en España, de unas nuevas NIAS-ES revisadas y de una nueva normativa para la emisión de informes, junto a otras novedades normativas de menor rango, pero también de gran calado, suponen los retos de mayor calibre a los que los auditores nos hemos enfrentado hasta ahora. Además, ponen de manifiesto otra de las características principales del sector: el cambio constante en el que ha vivido desde su nacimiento, su dinamismo y su capacidad de adaptación.
 
Siendo conscientes de la relevancia y de las virtudes del sector, que son las bases sobre las que debe construir su futuro, no sería coherente obviar los problemas que tiene que superar. dos son especialmente preocupantes. En primer lugar, los despachos de menor dimensión y los auditores individuales están perdiendo peso en la facturación del sector, lo que pone de manifiesto que la dimensión se está convirtiendo en una barrera a menudo infranqueable. Hay dos formas de contemplar este fenómeno. Algunos expertos consideran que el auditor individual, cuya existencia está en riesgo, es, por su proximidad al cliente y por su presencia en determinadas zonas geográficas a las que llegan peor las firmas más grandes, un activo que debe ser protegido; y hay quienes consideran que este proceso es positivo porque permite avanzar hacia la consolidación de despachos más grandes, con mayores niveles de profesionalización y capaces de generar rendimientos a escala. Con independencia de la visión que se tenga al respecto, hay un punto en el que todo el mundo parece de acuerdo: si este proceso conlleva una reducción de los niveles de competencia, justo el efecto contrario al buscado por la nueva Directiva europea sobre Auditoría, estaríamos avanzando en la dirección equivocada.
 
El segundo problema de calado al que se enfrentan los profesionales de la auditoría es de carácter demográfico. La edad media del auditor ejerciente registrado en el ROAC (Registro Oficial de Auditores de Cuentas) es de 58 años y el porcentaje de mujeres dentro de este colectivo es muy bajo. El problema de la elevada edad media debe ser matizado, ya que, en líneas generales, los ejercientes son los líderes de sus despachos y, como tales, las personas con más experiencia. En cualquier caso, ambos factores son insostenibles y ponen de relieve que, como suele ocurrir con muchos problemas, el sector está ante una gran oportunidad en forma de cambio generacional. De hecho, en el segmento de sociedades se han producido avances significativos hacia la paridad de género que apuntan en esta dirección.
 
La reputación y la imagen del sector
 
Para poder gestionar con éxito este cambio generacional es prioritario que la Auditoría afronte otro de los grandes retos a los que se enfrenta: la atracción del talento.  Éste elemento está ligado a diversos factores, pero especialmente a su imagen entre los más jóvenes. Con el objeto de conocer con detalle cómo ven esta actividad ellos y otros grupos de interés fundamentales para los auditores, como los ejecutivos, la administración pública o los medios de comunicación, el ICJCE ha realizado recientemente varias investigaciones. Sobre todos ellos sobrevolaba una inquietud: ¿Cómo había afectado la crisis a la reputación del sector?
 
La conclusión a esta respuesta en los diferentes trabajos realizados ha sido muy similar. En primer lugar, los auditores mantienen una sólida reputación, sobre todo entre los estudiantes de carreras económicas. Pero hay dos elementos que requieren una reflexión y una actuación inmediata. Por una parte, el público, con independencia de su formación, tiene problemas para entender que es la Auditoría y de que forma aporta seguridad y confianza. Por poner un ejemplo, más de la mitad de los inversores -un colectivo al que se le supone un cierto conocimiento del mundo de las finanzas y de la empresa- desconocen si las empresas que cotizan en Bolsa deben ser auditadas obligatoriamente. La mayoría de ellos jamás ha visto un informe de auditoría.
 
El otro factor que llama la atención es la imagen del sector comparada con la de otros con los que compite por la captación de talento: como antes se señalaba, la “foto” es buena, porque los universitarios tienen una imagen bastante positiva, pero hay otros sectores que están logrando llamar más su atención, como las nuevas tecnologías o el turismo. Esto significa que los jóvenes mantienen su interés en la profesión, pero que atraer a los mejores va a ser más difícil y va a requerir un esfuerzo especial en forma de planes de carrera más flexibles y una clara apuesta por la innovación.
 
Junto a lo que piensan los más jóvenes, también resulta interesante reflexionar sobre la imagen de la auditoría entre otros dos colectivos fundamentales: la Administración y los ejecutivos de las empresas. Respecto a la primera, de acuerdo con las encuestas realizadas a miembros de diferentes instituciones públicas, una amplia mayoría tiene una visión positiva del sector. Es decir, que mantienen su confianza en la profesión. Pero estos estudios ponen de manifiesto también un problema que, no por ser de sobra conocido, deja de ser preocupante: el principal riesgo para la credibilidad del sector en este colectivo tiene que ver con la generación de unas expectativas demasiado altas, que pueden generar “decepción”. Hace tiempo que las corporaciones de auditores vienen trabajando en este tema con algunos colectivos, como jueces y registradores, con muy buenos resultados, pero lo cierto es que queda mucho por hacer.
 
En cuanto a los directivos de las empresas que tienen contacto con el auditor en el desempeño de sus funciones, a la hora de emitir opiniones sobre su labor, nunca lo hacen de forma negativa, pero son el colectivo más crítico con ella. Todo apunta a que esta posición se debe a algunos consideran que la carga burocrática que les supone reduce el efecto positivo que puede tener en la eficiencia de sus empresas. Tampoco éste es un problema nuevo, como tampoco lo es la percepción que se tiene de que los informes favorables, que son una clara mayoría, aportan poco. Y es que, aunque se insista en que la mera existencia de los controles que conlleva la auditoría mantiene en tensión a las áreas de negocio claves en las finanzas de las compañías y evita numerosos problemas, el famoso “gap de expectativas” sigue pesando.
 
El futuro
 
El futuro de la auditoría está condicionado en gran medida por los tres elementos comentados - su relevancia, sus retos y su imagen- y por la interrelación que existe entre todos ellos. Por ejemplo, la reducción del gap mencionado en el párrafo anterior va a exigir al sector un cambio en la manera en que se comunica con el resto de la sociedad, de forma que, sin perder su rigurosidad, sea capaz de aprovechar las nuevas tecnologías para que los usuarios, los partidos políticos y las administraciones le perciban más próximo y sensible a sus necesidades de transparencia. Pero este esfuerzo en la mejora de su imagen solo será efectivo si al mismo tiempo las técnicas y la normativa permiten avanzar desde la actual auditoría, que se basa en un enfoque retrospectivo y financiero, en un informe binario y en una opinión basada estrictamente en cifras, a una auditoria con un enfoque global e integral, basado en riesgos y que permita emitir una opinión basada en cifras y textos. Al mismo tiempo hay que apostar claramente por unas reglas que favorezcan que la relación con el cliente, hasta ahora puntual, pase a ser continua.
 
Este proceso de mejora y de adaptación a los nuevos tiempos no se ciñe únicamente a los propios auditores, también debe de ir acompañado de un cambio en su entorno institucional. El más importante, y con el que parecen estar de acuerdo tanto las corporaciones profesionales como los principales partidos políticos y el Gobierno actual, es la modernización del sistema de supervisión. Es prioritario pasar de un modelo de supervisión dependiente del gobierno y presidencialista, a un supervisor independiente, controlado por el Parlamento, y gobernado de forma colegiada, en el que las funciones relacionadas con la contabilidad estén separadas de la auditoría, y en el que también haya una clara separación entre los responsables de regular y los responsables de gestionar expedientes sancionadores.
 
Hay otros dos elementos que van a condicionar en gran medida el futuro de este sector. A uno de ellos, las nuevas tecnologías, ya se ha hecho referencia al hablar de comunicación e imagen, pero no puede obviarse el papel que van a jugar en el trabajo diario de todos los profesionales. Es curioso que, mientras que en otras actividades la irrupción de la innovación se contempla claramente como una fuente de potenciales negocios, en el caso de la Auditoría se esté dedicando más tiempo a discutir sobre la posible pérdida de empleo que puede generar e incluso a estimar en que momento la inteligencia artificial puede sustituir el criterio del auditor. Seguramente esta tendencia es fruto simplemente de la fuerte influencia que la propia profesión tiene en las personalidades de quienes la ejercen, y que genera una necesidad de controlar al detalle cualquier riesgo al que se enfrenta muy superior al de otras personas. Una necesidad que en este siglo parece difícil de atender. Y es que, si algo hemos aprendido del fenómeno de las nuevas tecnologías en los últimos años es que ni el sector ni la empresa más boyante hoy tiene asegurada su supervivencia en el medio plazo, y que hablar del largo plazo es una quimera. Pero también hemos sacado conclusiones muy positivas que debemos aplicar. Por ejemplo, que el tiempo que se tendrá que utilizar en labores burocráticas tenderá a ser cero, por lo que las labores de reflexión y análisis ganarán peso, lo que influirá positivamente en la calidad de los trabajos; que la tecnología tiende a eliminar fronteras y a acercar a las personas, por lo que acceder a otros mercados será más fácil; o que, a medida que se van descubriendo nuevas aplicaciones y se van sucediendo nuevas situaciones y nuevas normas, aparecen nuevos productos y servicios. Sin lugar a duda es desde esta perspectiva desde la que se debe analizar la relación auditoría-nuevas tecnologías.
 
El último elemento en el que el sector se juega su futuro es el ámbito de la transparencia de las cuentas públicas, sobre todo en las entidades locales. En un momento en el que, con independencia de la ideología de cada uno, la inmensa mayoría de los ciudadanos están preocupados por la gestión y la transparencia de las cuentas públicas, si la Auditoría logra consolidarse como una de las herramientas que permite eliminar las malas prácticas estará dando un paso de gigante en nuestra sociedad. El primer paso hay que darlo en las grandes ciudades, que es donde más retrasada está España respecto al resto de Europa. Muestra de ellos es que mientras que en el resto de la UE éstas se auditan anualmente, en España, la inmensa mayoría de nuestros Ayuntamientos, incluidos los más grandes, no están sujetos a control externo anual. Cambiar esta situación es una de las grandes asignaturas políticas con la que los auditores y todos los ciudadanos deben comprometerse.
 
 
Mario Alonso Ayala es presidente del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España.

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