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Desde la barrera
 
José Javier Contreras: “Los auditores son los que enriquecen esta profesión”
 
Entrevista a José Javier Contreras
 
Por Javier Vilella
07/07/2020
 
Cada mañana al amanecer, con los primeros rayos de sol, José Javier Contreras, auditor retirado y miembro del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España, prepara un café y se sienta delante del ordenador para escribir Repaso a la historia de la Contabilidad y Auditoría, un libro que no hace falta comentar su argumento porque el título habla por sí solo y, según nos cuenta José Javier, dedicará un capítulo a la auditoría como ciencia infusa. “Es una de las cosas positivas de la jubilación, tienes tiempo y puedes pensar. Por eso decidí escribir sobre cómo está la auditoría en España, qué ha pasado, por qué está así y por qué no se parece a las auditorías de Estados Unidos o de Reino Unido, donde los auditores tienen sus competencias normales. Estoy haciendo una auditoría sobre la legislación que se ha hecho en la auditoría en España”.
 
Reflexiona y afirma con rotundidad que, si pudiera cambiar algo de esta profesión, devolvería a las Corporaciones Profesionales sus competencias en normativa contable y normativa de auditoría. “¿Quién habla de medicina?, los médicos; ¿quién habla de arquitectura?, los arquitectos; pues aquí en España, desde 1989, en la auditoría no hablan los auditores, habla el Estado. Los funcionarios son teóricos y muy buenos trabajadores, pero en este sector todas las cosas que se aprenden trabajando no las aprendes en los libros. La experiencia que un auditor adquiere en la auditoría se la da el trabajo y son los profesionales los que enriquecen la profesión”, revela.
 
También examina y juzga el modelo actual del Instituto de Contabilidad y Auditoría de Cuentas (ICAC), el regulador de los auditores, que emana de la Ley de Auditoría de 1989. Advierte que el ICAC no se ajusta a los principios profesionales y se caracteriza por su dependencia ministerial. “El supervisor, como los auditores, tiene que ser independiente. De esta forma entendemos que se eliminaría uno de los principales problemas al que nos enfrentamos los auditores. Nuestras normas son más principios que preceptos detallados y concretos, por lo que siempre existe un margen para su interpretación subjetiva. Creo que con un supervisor completamente independiente este problema se reduciría al mínimo, ya que le permitiría tener un carácter más prudencial, anticipándose a los problemas, lo que generaría efectos positivos no sólo a los auditores, sino también a sus clientes y a los usuarios de la información financiera, a los que también perjudica esta situación”, concluye.
 
Para José Javier la auditoría tiene que volver a ceñirse a la contabilidad y verifica que no se puede enjuiciar la gestión de las empresas, ni siquiera referenciarlas, porque eso es, según dice, para los analistas. “Nosotros somos auditores y las normas las tendrían que hacer los auditores. Como sucedía antes de la primera Ley de Auditoría de 1989”. Esta es una fecha clave para José Javier que repite a lo largo de la entrevista. A partir de aquí, según nos confiesa, la profesión se globaliza y comienza la obligatoriedad de algunas empresas a auditarse. “Los veteranos siempre pensamos que lo bueno de una auditoría es que sea voluntaria. Las que cotizan es otra cuestión que podríamos discutir”, puntualiza.
 
El valor de la auditoría voluntaria
 
José Javier insiste que cuando una auditoría es voluntaria, el auditor trabaja mejor porque el cliente le va a escuchar, tratará de entender al auditor y, sobre todo, le hará caso, no tendrá problemas. “El empresario, en estos casos, valora la auditoría porque él la solicita y repite. La auditoría abre los ojos de la empresa ante cualquier problema. Siempre que he hecho una auditoría voluntaria se ha convertido en habitual. Hay que tener en cuenta que, si la empresa presenta un informe de auditoría limpio, las facilidades que tiene para poder adquirir un crédito, con mejores ventajas, es mayor. El auditor, en estos casos, se convierte en el perro guardián (a watchdog) de la empresa y todo es muy gratificante”, analiza. Le viene a la memoria el caso de una empresa de cafés, cuando trabajaba como auditor por cuenta ajena. Esta empresa nunca se había auditado y le llamaron para auditarla. “Cuando acudí, aquello estaba manga por hombro. Empezamos a trabajar, hicimos una auditoría de control interno sin opinión para corregir los problemas de la empresa. Una auditoría operativa. Y, al año siguiente, realizamos la auditoría con todas las consecuencias. La empresa hizo todo lo que le recomendamos. Lo que más costó fueron las normas de inventario físico, pero lograron los objetivos que les marcamos porque pusieron mucho interés y empeño. Desde ese momento, la empresa siguió auditándose año tras año”, evoca con cierta nostalgia, para añadir de manera rotunda que “otra cosa es la auditoría cuando entra la obligatoriedad, con sus normas para poder comenzar, como el proyecto de carta de encargo, el proyecto de contrato, etc. Hay que tener siempre cordialidad, ser comunicativos y, sobre todo, hacerles saber que no somos sabuesos (a bloodhound)”.
 
1 de septiembre de 1967, primer trabajo como auditor
 
Tiene muy presente el año y el mes que comienza a trabajar en esta profesión: 1 de septiembre de 1967. Desde entonces han pasado 53 años. Le encanta rememorar aquellos tiempos pasados, volver la vista atrás y traer a su memoria que él nació como auditor. Pero no fue hasta que terminó la carrera cuando un compañero de curso, Francisco Boal, le ofreció presentarse al examen para ser Censor Jurado de Cuentas. “La preparación contable que teníamos en las Escuelas de Comercio no la hay ahora. Te daban muy buena base para realizar este trabajo. Los que salíamos de estas escuelas teníamos prestigio internacional. Tanto es así que cuando las suprimieron, los americanos de Deloitte decían en broma que se iban a acabar las auditorías”. José Javier estudió en la promoción 107 de la Escuela Superior de Comercio de Madrid. La promoción constaba de unos 50 alumnos y, casualidades de la vida, a muchos de los alumnos de esa promoción los eligieron para auditoría. “Otro caso curioso fue la promoción anterior, la 106. Un buen número de alumnos terminaron en la Universidad de Económicas y acabaron siendo catedráticos, como Leandro Cañibano, actual presidente de la Asociación Española de Contabilidad y Administración de Empresas (AECA), Eduardo Bueno o José Luis Cea, entre otros. Volvieron a la auditoría como profesores”.
 
Con el aprobado en sus manos se lanzó al mundo laboral. Vio un anuncio de Deloitte, hizo la entrevista y le ficharon. Dedicó ocho años de su vida a esta firma profesional: “Recuerdo que cuando trabajaba en Deloitte siempre iba en equipo: el socio de auditoría, que era el que firmaba el informe, el auditor senior y el auditor junior. La relación con los directores financieros y el comité de dirección era muy cordial y de respeto. La auditoría complementa siempre la formación de un economista o empresario. Te forma como persona. En una empresa, un auditor tiene contacto con todos sus integrantes, algo que te da mucha experiencia y es una auténtica escuela de aprendizaje. Esas relaciones no se olvidan”. Era la época en la que hacían las auditorías con lápiz y goma de borrar. “Asumíamos un concepto: hacer las cosas bien, con tiempo y despacio. Teníamos nuestro juicio profesional. Cuando trabajas despacio, con tu sacapuntas, cada vez que sacabas la punta al lápiz, estabas pensando lo que ibas hacer. Pausas buenas. El juicio del auditor. Hacíamos nuestras conclusiones despacio, exponiendo todo lo que encontrábamos. Creo que hacíamos una muy buena tarea. Teníamos más ventaja porque era la época en la que no nos preocupaba el dinero, trabajamos más tranquilos”, destaca.
 
En España, hace 50 años, muy pocas personas conocían realmente lo que era una auditoría. Suelta una carcajada cuando rememora aquella vez que viajó a Sevilla, al barrio de Triana, a comprobar un inventario de una empresa de pinturas. “Los trabajadores nos recibieron con unas caras muy serias, terminamos el trabajo y nos fuimos a una cafetería con ellos. Durante el café, nos dijeron que iban a visitarles unos auditores (de oír), y que no sabían qué clase de ruidos vendrían a escuchar esas personas a su empresa. La auditoría en aquella época era muy nueva y la gente desconocía mucho la profesión. Por eso, antes de cada visita, mandábamos un programa de trabajo al responsable para que no hubiera sorpresas. Por lo general, la gente tenía un poco de miedo porque pensaban que íbamos a fiscalizar su empresa, a sacarles defectos, más que a comprobar el control interno y a revisar sus cuentas”, aclara.
 
Mensaje positivo a los auditores frente al coronavirus
 
También dedica unas palabras a la crisis sanitaria y económica que estamos viviendo por el coronavirus. Comenta que no recuerda una crisis tan dura como ésta, sobre todo por el momento de su impacto justo al final del ejercicio con los problemas que conlleva en el cierre de la contabilidad. Pero manda un mensaje positivo a sus compañeros: “Son momentos para luchar con valentía, ir con mucho cuidado, con mucho escepticismo e independencia. Todo en auditoría se basa en lo mismo. Los efectos de la pandemia en materia económica evidentemente afectarán a muchas empresas que lo van a pasar mal. Habrá otras que no tanto, pero a las que les afecte serán en los ejercicios que no están cerrados, 2019, ojo con los acontecimientos posteriores, y a otras al cierre del 2020. Los auditores de pequeñas empresas pueden tener muchas dificultades porque como todo se publica en el informe, el perjuicio puede ser muy grande con una nota en el informe”. Insiste en que un auditor, ante esta coyuntura, tiene que ser rotundo, muy escéptico, que no se arriesgue, deberá tener mucho cuidado en los años venideros, sobre todo en el 2020, y no debe tener miedo en no dar una opinión calificada por limitación al alcance. A pesar de que, como auditor, no entienda mucho de presagios, se atreve a aventurar cómo podría ser la recuperación: “Como optimista que soy, creo que la recuperación será en V. Los españoles queremos trabajar, no estamos a gusto en casa y cuando nos ponemos, sacamos adelante todo. Creo que habrá un rebote como los trapecistas que saltan en la lona del circo, que cada vez saltan más. Ánimo que podemos con esto”.
 
El auditor está por encima de las nuevas tecnologías
 
Se considera un privilegiado de las nuevas tecnologías. Su padre era veterinario y con la crisis de la mecanización del campo pensaban que se iban a quedar sin clientes, pero no fue así, siguieron trabajando y todo mejoró. “Cuando entraron las máquinas en la profesión contable y auditoría, recuerdo que en Deloitte había personas que sumaban a mano y yo lo hacía a máquina”. Recuerda la anécdota de su maestro y un compañero, Enrique Quintanar, que sumaba y restaba lápiz en mano. Echaron una carrera, Enrique con el lápiz y José Javier con la calculadora. No sólo ganó Enrique, sino que José Javier se equivocó.  “El auditor está por encima de la informática y se ha demostrado que, en toda época de proceso, el auditor no va a perder su condición por un programa de ordenador que va a quedar obsoleto pasado mañana. La esencia del auditor está por encima de las nuevas tecnologías”. José Javier considera que el hombre siempre tiene recursos y que la auditoría apenas se altera, en cambio sí varían los medios que usan los auditores. “El progreso hay que aceptarlo porque es ley de vida y hay que adaptarse a él. La informática es estupenda. Un ejemplo es el Big Data, un conjunto de posibilidades de información y datos que le van a servir de gran ayuda al auditor, pero ojo, hay que hacerlo con cuidado y mucho escepticismo. A un auditor no le puede vencer la informática. El auditor está por encima de las nuevas tecnologías, estas tienen que estar a su servicio”. Además, observa un problema en el sistema de control interno y explica que, socialmente, la informática ha vencido a la contabilidad. “La informática aplicada al control interno no distingue qué es material y no es material, o lo que es relativo a lo que es importante. Puede confundir una cifra de un millón de euros con un euro porque para la informática es un dato. Por eso el papel del auditor es fundamental, porque él va a lo importante. Cuando he comprobado algún sistema de protocolo por ordenador, he encontrado errores garrafales. Hay un eslabón que se rompe y la gente no sabe por dónde tirar. Sin embargo, si lo controla un auditor, éste lo comprueba y lo verifica. Un auditor no da por bueno nada. Está claro que las nuevas tecnologías complementan el trabajo del auditor, pero el profesional tiene que andarse con mucho ojo, y tiene que verificar y que sea verificable, no valen excusas de que el problema es del ordenador o de la nube”.
 
A los jóvenes les recomienda independencia, honor, disciplina y secreto profesional
 
A los jóvenes que quieren adentrarse en esta profesión les recomienda que empiecen en una firma, adquieran una experiencia mínima de cuatro años y después ya podrían montar un despacho por su cuenta. “Van a aprender muchísimo. Tienen que ser respetuosos con sus compañeros, muy disciplinados, y que se metan en la cabeza lo importante que es la independencia, el honor, el secreto profesional y la confidencialidad. Tan importante es comprobar facturas como discutir un informe. Tienen que apreciar su trabajo porque cuando lleguen a socios se habrán dado cuenta que tienen que confiar en el auditor junior. El trabajo en equipo es fundamental. Y que no abandonen nunca la formación, esto es básico”. Cuando habla de formación conmemora el momento en el que recibió una carta de felicitación del Instituto por asistir a todos los cursos que dieron durante un año. Y a los no tan jóvenes les confía que enseñen bien esta profesión a los junior, que luchen por recuperar sus competencias, sobre todo en la elaboración de principios.
 
De la revisión de cuentas a la horticultura
 
La paciencia, la honestidad, la seriedad y el concepto de ser independiente caminan en simetría con la otra pasión de José Javier, la horticultura. A media mañana, tras dedicarle un tiempo a su libro, comienza su jornada en la huerta de su finca a las afueras de Palencia. “Lechugas, calabacines, calabazas, tomates, pimientos, ajos, cebollas, habas, guisantes, titos… Soy un hortelano avezado, de primera. Llevo dos años en esto y no pensaba que era tan gratificante”. Él hace el trabajo que hace falta: sembrar, regar, los tratamientos para las pestes y, por último, la recogida, que, según explica, es la parte que más le llena ya que queda con sus amigos, que tienen otros huertos, y se juntan para comer. También tiene un majuelo, terreno dedicado al cultivo de la cepa, conocida como vid. Se suele dividir en bancales, de forma que se facilita la vendimia o recogida de la uva. Este trabajo se realiza cuando el fruto cuenta con un grado óptimo de maduración. “1.000 cepas y nos da 1.000 botellas. Las grandes bodegas consiguen un 0,70 de kilo de uva a litros de vino, como mínimo. Nosotros no pasamos de 0,65, lo que quiere decir que nuestro vino es el más puro que hay. Somos los mejores”.
 
También es un gran aficionado al ajedrez. Aprendió de la mano de su padre a los dos años. No sabía decir jaque y decía una palabra muy rara que no recuerda. “Tendría dos años cuando empecé a colocar las fichas del tablero. Después, mi padre me enseñaba partidas ejemplares. Las aprendía de memoria y siempre le ganaba. Cuando comencé a jugar por libre, perdía muchas partidas. De padres a hijos, a mí me ha tocado enseñarle a mi hijo. Siempre que tengo ocasión juego con él. Ahora, como está trabajando fuera, juego a distancia. Si yo le ganaba a mi padre una vez de cada cien partidas, a mi hijo le gano una vez cada mil. Juega mucho mejor que yo. El alumno ha superado al maestro”.
 
A pesar de su amor por la auditoría, los hijos de José Javier no han seguido los pasos de su padre en esta profesión. “Tengo una hija y un hijo y siguieron otros caminos distintos a la auditoría. Si se hubiesen decidido, les hubiera inculcado encantado el decálogo del censor. Era un decálogo que estaba en el Instituto de Censores, cuando la sede estaba cerca del Retiro, y el presidente era Magín Pont. Siempre que entrabas mirabas las normas que tenía que cumplir el auditor”.
 
Manifiesta el deseo de recordar con cariño a sus maestros que, entre otros fueron: Enrique Quintanar, Federico Diaz, los cubanos Germán Peñaranda y Alberto Vega y, en especial, el maltés Henry Marshall y el galés David Saer que, gracias a ellos, lo prepararon para entrar en el ICJCE, en 1971.

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