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(Lecciones) y respuesta colectiva a la pandemia

 

Hemos aprendido muchas lecciones con la pandemia. La primera, la vulnerabilidad, a pesar de los avances científicos y médicos. También, la interdependencia, ante la expansión global e imparable de la infección a pesar de las medidas de contención: el apoyo de quienes estaban en disposición de ayudar ha sido importantísimo, mientras la investigación abierta impulsada por todas partes es una vía a la esperanza.
 
Y un tercer aspecto: la contribución de cada cual al bien común y al bienestar colectivo. Sin duda, el conjunto de profesionales de la salud merece nuestro reconocimiento y aplauso. Han permanecido en primera línea arriesgando su vida y la de sus familias, en un contexto de tensión, estrés y, a menudo, de carencia de medios. Como tantos otros profesionales –conductores de ambulancias, cocineros de hospitales, servicios de mantenimiento, informáticos, entre otros–, justo detrás suyo.
 
Pero es que sin transporte y logística, sin fabricación de oxígeno –o detergentes, o material sanitario, o...–, sin producción de electricidad, saneamiento, recogida de desechos, producción y distribución de alimentos, no hubiera sido posible atender de forma adecuada a los enfermos y soportar la situación vivida.
 
Maestros, docentes, investigadores, profesionales de la cultura y de la información, y otros trabajadores intelectuales, se han puesto en valor al constatar la sociedad la importancia de que estas actividades no se paralizaran y que la formación o la creación cultural siguieran estimulándonos.
 
También funcionarios, abogados, auditores y arquitectos, entre otros, han contribuido a la ordenación y el funcionamiento de nuestra sociedad sofisticada pero con riesgo de parálisis de actividades esenciales.
 
Podemos seguir con actividades más alejadas del cuidado de la salud, que contribuyen a la generación de bienes y servicios y a la creación de ocupación. Su desaparición –o disminución significativa– conduce a personas y familias a grandes dificultades.
 
El Estado debe abordar las situaciones de emergencia social, igual como responde a las de emergencia sanitaria. Se ha hecho patente en la presente crisis que, después de la recuperación de la salud, hay mucho que hacer para superar las dificultades colectivas. El bienestar depende de un equilibrio inestable en el que la contribución de todo el mundo es esencial.
 
Es lógico que las autoridades públicas dediquen sus esfuerzos a proteger el frágil tejido empresarial y aplaudimos los esfuerzos legislativos para paliar los efectos económicos de la pandemia. Pero hay que exigir que la gestión de las empresas se haga respetando las normas éticas y reglas de juego establecidas, al objeto de contribuir al desarrollo de la sociedad y al bienestar común
 
 
 
Antoni Gómez es presidente del Col·legi de Censors Jurats de Comptes de Catalunya.

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