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Los Tausitusi, ensayo ganador de los premios “Las Cuentas Cuentan 2019”
 
Desde siempre me ha gustado escribir, aunque reconozco que, con demasiada frecuencia, no encuentro nada interesante para contarle al mundo. Incluso he intentado varias veces que me publicasen mis escritos, pero los editores han considerado que mis historias no iban a interesar a nadie. Así que, finalmente, mis manuscritos han terminado tirados y bien arrugados en la papelera de mi habitación. En mi defensa, diré que la vida en Londres a comienzos del siglo XX tampoco era extremadamente apasionante para mí. Sólo iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, y, entre medias, sólo recuerdo ruidos, humo y lluvia. Nada lo suficientemente excitante como para encontrar una historia que pudiera enganchar a algún lector. Sin embargo, todo cambió al conocer a Tuiavii.
 
Era una mañana cualquiera de un día cualquiera, y yo, como siempre, estaba sentado en aquellos vagones tan incómodos del metro londinense, mientras me terminaba el último cigarrillo antes de llegar al trabajo. Normalmente, a esas horas era incapaz de mantener la vista fija en algo más de dos segundos. Sin embargo, cuando levanté la cabeza y vi a Tuiavii, un extraño magnetismo hizo que no pudiera dejar de mirarlo. La verdad es que verlo no fue una gran hazaña por mi parte, pues Tuiavii llamaba la atención en cualquier lugar. Su pelo largo y oscuro recordaba al de los caballos del hipódromo de Ascot, elegante y salvaje al mismo tiempo. Pero lo que más lo distinguía de los europeos era su piel morena y firme, la cual hacía que yo, a su lado, pareciera un enfermo pálido que no hubiera salido de la cama en años. Pese a que simulaba haber hecho un esfuerzo para vestirse como cualquier occidental, estaba bastante claro que Tuiavii era extranjero. Por ello, todo el vagón lo miraba con curiosidad, como si de una gran atracción de circo se tratara. Sin embargo, yo, y este fue mi gran acierto, decidí conocer a la persona que se escondía tras aquel exótico físico. Muchos años después, supe que se trataba de un sabio jefe samoano.
 
Antes de comenzar a relataros la conversación que tuvimos, debéis entender quién es Tuiavii. Esto os permitirá comprender mejor su pensamiento, el cual, pese a ser profundamente simple, también estaba lleno de sabiduría y verdad. Tuiavii era el jefe de un pequeño poblado llamado Tiavea, en la isla samoana de Upolu situada en el Pacífico Sur. Desde muy joven, empezó a tener contacto con los que él denominaba los Papalagi1, ya que unos misioneros marianistas fundaron una escuela allí. Tuiavii se propuso conocer Europa y, cuando unos etnólogos llegaron a su poblado, decidió aprovechar la oportunidad. Una vez que estos finalizaron sus investigaciones acerca de la sociedad en la que vivía, fue él quien decidió irse con ellos a estudiar la nuestra. Ahora se encontraba realizando parte de esos estudios en Londres, y, gracias a eso, lo conocí. 
 
Debo decir que Tuiavii nunca estuvo muy de acuerdo con la mentalidad occidental. Para él, nuestra cultura era deshumanizada y materialista, demasiado alejada de su concepción sencilla y despreocupada de la vida. Nunca entendió por qué íbamos siempre con prisa a todos lados o por qué siempre estábamos pensando en lo que debíamos hacer después. Su filosofía de vida se basaba en llevar el tópico literario carpe diem hasta las máximas consecuencias. Desde luego, escuchar a alguien hablar acerca de mi mundo de una forma tan simple, pero a la vez tan certera, me hizo despertar y darme cuenta del papel tan importante que yo desempeñaba en la sociedad. Por ello, siempre estaré en deuda con él.
 
—¿Usted no es de aquí, ¿Verdad?  —pregunté tímidamente. 
 
Estaba bastante claro que Tuiavii no era parte del mundo civilizado, sin embargo, no se me ocurrió nada mejor para iniciar la conversación.
 
—No, sir—respondió en un inglés sorprendentemente bueno, pese a su acento—. Soy Tuiavii, de Tiavea, un pequeño poblado en la isla de Upolu en el Mar del Sur.
 
— ¡Vaya! —exclamé fascinado—. ¿Y qué hace usted por aquí?
 
—Bueno sir, lo cierto es que es bastante complicado de explicar—me contestó confuso, como si le costara encontrar las palabras para expresarse—. Se podría decir que soy un etnólogo enviado por el pueblo polinesio para estudiar su país.
 
En aquel momento pensé que ese hombre no sabía ni lo qué decía. Es cierto que había oído hablar de los etnólogos, pero siempre los había asociado con ciertos académicos locos que viajaban a lugares inhóspitos para vivir aventuras; jamás los hubiera relacionado con aquel hombre moreno que no paraba de inspeccionarme como si fuera el resultado de algún tipo de experimento.
 
—Ya veo, así que es una especie de sabio, ¿Eh? ¿Y cómo va la investigación? —pregunté curioso.
 
—Ahora mismo estoy aprendiendo de qué manera ustedes se reparten los recursos—respondió.
 
—La economía—maticé.
 
—Sí, creo que es así como ustedes lo llaman—aclaró.
 
— ¡Oh!, en ese caso pregúnteme todo lo que quiera, yo me dedico a la contabilidad, soy auditor—le dije contento de poder ayudarle.
 
—Tausitusi2—me interrumpió.
 
— ¿Tausitusi? —pregunté extrañado.
 
—Así es como llamamos nosotros a los que se dedican a la contabilidad—dijo.
 
— ¡Ah!, entonces sí, soy un tausitusi. Sin embargo, siempre quise ser escritor—le confesé.
 
—Eso es porque no entiende lo que hace—me respondió muy serio.
 
—Creo que sé perfectamente lo que hago—le contesté algo molesto.
 
—No, claro que no. Si entendiera lo que significa ser un tausitasi, jamás querría ser otra cosa—insistió él—. Pero no tema, se lo explicaré. A veces hace falta la visión de una persona externa para darse cuenta de las cosas.
 
En ese momento pensé que Tuiavii no solo no sabía de lo que hablaba, sino que también era sumamente arrogante. ¿Cómo una persona que vivía en una isla perdida del Pacífico iba a saber más de mi trabajo que yo mismo? Sin embargo, cualquier cosa que aquel hombre me contara acerca de su visión de la vida podía ser de utilidad para mi libro, así que decidí seguir escuchándolo.
 
—¿Sabe lo que significa tausitusi? —me preguntó inquisitivo, como si el no conocer el significado de aquella palabra demostrara automáticamente mi desconocimiento acerca de lo que implicaba dedicarse a la contabilidad. 
 
—No, aunque tampoco creo que sea muy importante—respondí de manera seca.
 
—“Tausi”3 significa mantener y “tusi”4, libro: los que mantienen los libros. ¿Sabe lo que significan los libros en nuestra cultura? —continuó él, ignorando mi visible enfado.
 
—Tampoco—le dije un poco confuso, sin entender muy bien a dónde quería llegar.
 
—La verdad, significan la verdad. Lo cierto, es que son ustedes los que la mantienen. En una economía tan competitiva como la que están desarrollando, la verdad es algo fundamental. Sin transparencia, una economía está abocada al fracaso y, con ella, toda la sociedad—me explicó.
 
Creo que empezaba a entender lo que quería decirme, pero nunca me había parado a pensar en ello. Siempre lo había percibido como una especie de juego, en el cual algunas empresas intentaban manipular sus resultados, y yo me encargaba de evitarlo. Sin embargo, me empezaba a dar cuenta de que esto era mucho más importante de lo que parecía.
 
—Le pondré un ejemplo—me dijo—. Imagínese el Mar del Sur, mi mar. Allí nuestra supervivencia se basa principalmente en la pesca. Supongamos que yo tengo que ir al mar a pescar para dar de comer a mi familia, pero ese día, por lo que sea, el agua está muy turbia y no puedo ver en su interior. El mar sería lo que ustedes llaman el mercado. Si yo no puedo ver lo que estoy pescando, corro el riesgo de equivocarme y pescar algo no deseado. Al final, los perjudicados serían mi familia y yo mismo.
 
—Claro, y yo soy el que se encarga de que esa agua no esté turbia, ¿Verdad? —le pregunté para asegurarme.
 
—Exacto, se encargan de conseguir la transparencia, la verdad. Su economía, por lo que he podido aprender, se basa en el traspaso continuo de dinero, lo que nosotros llamamos “metales redondos”5. Cada tribu o familia vive de los “metales redondos” que consigue. Y, si les sobran, se los dejan a lo que ustedes llaman bancos o, incluso, directamente a las empresas; si no, será el propio banco el que se los preste a las empresas. Conocer a quién se los están dejando, en manos de qué empresa acaba su dinero -conocer dónde y lo que se está pescando- es fundamental para su sociedad. Y conocer a una empresa, no es más que estudiar su contabilidad—me explicó.
 
El análisis de Tuiavii, pese a ser simple y fácil de entender para cualquier persona, incluso una que no estuviera familiarizada con las ciencias económicas, era realmente preciso.
 
—¡Vaya!, la verdad es que tiene usted toda la razón. Nunca me lo había planteado así—le confesé.
 
—Por supuesto, conocer a alguien es algo muy complejo. Le pondré otro ejemplo: ¿Ha estado alguna vez en Indonesia? Está relativamente cerca de Upolu—continúo él.
 
—Me temo que sobrestima usted mi espíritu aventurero—respondí.
 
—Allí se da un animal realmente maravilloso, la mantis orquídea. ¿Sabe usted como caza este animal? —me preguntó.
 
—Es la primera vez que oigo hablar de él—le contesté.
 
—La mantis orquídea es un insecto que se transforma en una flor para atraer a sus víctimas. De esta forma, consigue que estas se acerquen y así poder atraparlas—me explicó.
 
—Usted está comparando a este animal con las empresas que manipulan sus resultados para atraer inversores. Es cierto, el capital debería ser invertido en las empresas que mejor funcionan y que más benefician a la sociedad, no a las que manipulan sus resultados para hacerse más atractivas a la inversión—le dije orgulloso de entender lo que decía.
 
—Pero no solo las empresas, pues cualquiera de las entidades que ustedes han creado y que manejan los “metales redondos” de otras personas, también deben ser vigiladas. Si no, podrían engañar a cualquiera a través de sus falsos resultados—me contestó.
 
—¿Todas? Creo que sobrevalora usted el número de auditores de esta ciudad—le dije riéndome. 
 
—Por supuesto, todas, incluido lo que ustedes denominan el Estado—respondió.
 
—Bueno, se supone que las personas que se dedican a funciones públicas son gente competente y responsable. No vigilar al Estado no parece que sea el mayor de los peligros—le dije.
 
—Lo es—dijo burlón, como si le hiciera gracia mi ingenuidad por el comentario anterior—. Imagínese que yo, como jefe de Tiavea, pudiera quitarles una parte de los alimentos a los miembros del poblado. Eso es lo que hace su Estado a través de los impuestos. Si luego nadie se encarga de vigilar lo que yo hago con esos alimentos, podría comérmelos y decir que se los ha comido algún animal por la noche. Sin la contabilidad, poder controlar lo que los jefes hacen con los recursos de todos es imposible.
 
—Parece que, sin tausitusis como yo, las empresas se aprovecharían de las familias y los gobernantes de sus ciudadanos—le dije divertido.
 
—Es exactamente lo que pasaría. Pero no sólo eso, la información es progreso—me dijo.
 
—Creo que está empezando a exagerar—respondí.
 
—Sin la contabilidad, ¿Cómo sabe una empresa cuándo está haciéndolo bien o cuándo está haciéndolo mal? — me preguntó.
 
—Bueno, si consigue mucho dinero, lo está haciendo bien y, si no, pues mal. Pero tampoco hace falta saber mucho de contabilidad para darse cuenta de eso—dije sin pensar.
 
—¿Y cómo sabe cuánto dinero está consiguiendo, y si es todo el dinero que podría conseguir? Además, no me refiero a eso. Me refiero a, por ejemplo, cuánto dinero necesita un constructor para levantar una “cesta de piedra”6. Toda esa información ayuda a los jefes a mejorar la empresa—me explicó.
 
—Creo que usted se refiere a la contabilidad de gestión—le dije.
 
—Recuerdo el día que empezamos a construir nuevas cabañas en Tiavea. No sabíamos cuántos troncos íbamos a necesitar, así que construimos una, y uno de nuestros hermanos se dedicó a recopilar toda esa información. Eso nos permitió luego poder talar únicamente el número de troncos precisos para construir el resto de las cabañas del poblado. Además de evitar la tala de muchos árboles, ahorramos mucho trabajo. La información, incluida la contable, puede ser utilizada para mejorar todos los procesos; y, si mejoran todos esos procesos, también lo hará su sociedad—me explicó.
 
—Siempre supe que lo que hago es bueno para la sociedad, pero nunca creí que fuera tan importante—le dije.
 
—Lo es, amigo mío. Aunque todo sería mucho más fácil si la gente no quisiera engañar o manipular al resto. Esa es una de sus asignaturas pendientes—respondió él.
 
—Creo que eso va implícito en la naturaleza humana—sentencié yo.
 
—No, amigo. Eso depende de los valores de cada uno. Por eso usted es auditor—matizó él.
 
—Vaya… gracias, supongo que sí—dije un poco ruborizado—. He aprendido más del valor de la contabilidad hablando con usted que en años de estudio y trabajo.
 
—Yo también he aprendido más de su sociedad hablando con usted que en semanas observando gente en la calle—dijo mientras se levantaba.
 
—¿Se baja usted en ésta? —le pregunté.
 
—Sí, así es—me respondió. 
 
—Espero volver a verlo—le dije casi suplicando.
 
—Quizá algún día—contestó mientras desaparecía por la puerta del vagón. 
 
Tras mi conversación con Tuiavii, me di cuenta de la intensa influencia que la actividad contable tenía en nuestro día a día. Por tanto, decidí fusionar mis dos pasiones: la escritura y la contabilidad. Fue en aquel momento cuando comencé a escribir una obra acerca de la importancia que la calidad de la información financiera tiene en la sociedad. Dicha obra, fue galardonada con el mayor reconocimiento que existía para aquellas personas que habían hecho una contribución notable a la sociedad: el Premio Nobel. Mi única petición a los organizadores del evento fue que Tuiavii acudiera a la ceremonia de entrega del premio. No fue fácil, habían pasado setenta años desde nuestro encuentro en aquel vagón de metro, pero parece ser que un enviado del gobierno de Suecia fue personalmente hasta Tiavea para convencerlo.
 
Estuvimos algo más de dos horas charlando en una pequeña habitación de la Sala de Conciertos de Estocolmo. Dos horas que me sirvieron para entender mejor sus orígenes y su forma de vida. Tras aquel bonito encuentro, me preparé para lo que me esperaba: la gala de los Premios Nobel. Por supuesto, mi dedicatoria iba a ser para Tuiavii. No era para menos: fue gracias a él que me di cuenta del gran activo que era la contabilidad para nuestra sociedad. Un activo intangible, sí, pero ¿Alguien duda ya de los beneficios sociales que genera?7
 
Inspirado en la obra “Los papalagi”,  libro escrito
por Erich Scheurmann  y publicado en 1920.
 
  1. Hombres Blancos o Caballeros en samoano
  2. Persona cuyo oficio es la contabilidad en samoano
  3. Mantener en samoano
  4. Libro o escrito en samoano
  5. Término que Tuiavii utilizaba para referirse al dinero
  6. Término que Tuiavii utilizaba para referirse a los edificios de los occidentales
  7. Es en los años setenta del siglo XX cuando se empieza a introducir el concepto de activo intangible en la actividad contable.
 

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